
Psicóloga General Sanitaria inmersa en la conducta humana y el funcionamiento neurológico del encéfalo.
BlancaCajiaoPsicología (BCP) se crea con el objetivo de unir la psicología, con la parte más personal, y arraigada a la experiencia.
Llegué hasta aquí sabiendo muy bien algunas cosas —y sin tener ni idea de otras muchas.
Desde muy pequeña tuve claro que quería ser psicóloga. Me interesaba entender cómo funciona el cerebro, por qué pensamos, sentimos y reaccionamos como lo hacemos, y soñaba con tener algún día una consulta propia. Esa parte siempre estuvo ahí, muy clara. Otras, en cambio, las fui descubriendo con el tiempo.
Durante muchos años no tenía un marco para nombrar ciertas experiencias. Más allá de la hipersensibilidad o la idea de ser “demasiado”, no conocía aún lo que hoy entendemos como neurodiversidad. Aun así, siempre estuvo presente una necesidad profunda de acompañar, de cuidar, de compartir recursos y generar espacios de escucha.
Al mudarme a Madrid para estudiar Psicología empecé a buscar espacios donde poder acompañar, y fue allí donde entré en contacto con una asociación que trabajaba con niños autistas. Ese encuentro fue un punto de inflexión. Por primera vez conecté de verdad con formas de comunicación y de funcionamiento que no eran convencionales, pero sí profundamente coherentes.
Más adelante, ya en Mallorca y en pleno contexto de pandemia, continué vinculándome a espacios de acompañamiento con personas autistas y empecé a ejercer como psicóloga. Fue entonces cuando comencé a comprender la neurodiversidad en mujeres adultas, a identificar patrones comunes, a cuestionar lo que me habían enseñado y, también, a reconocerme. Mi propio diagnóstico y la incorporación de una perspectiva de género ampliaron por completo mi manera de entender el malestar, la identidad y la salud mental.
Lo que había aprendido hasta ese momento no alcanzaba para explicar la vida real. El DSM se quedaba lejos. Los criterios no recogían las historias, los cuerpos, los contextos. Entendí que muchas de las herramientas que usamos nos enseñan a mirar con distancia, incluso con miedo, y que solo cuando algo se vive —de verdad— se comprende.
Mis primeros años de trabajo estuvieron atravesados por casos muy duros: abuso, autolesiones, intentos de suicidio, historias de muchísimo dolor. Eso me obligó a buscar, a formarme, a apoyarme en otros profesionales y, sobre todo, a aprender a sostener sin intentar arreglarlo todo. A escuchar el cuerpo, a respetar los límites, a aceptar que no todo se puede solucionar, pero sí acompañar.
Escuchar a mujeres —adolescentes y adultas, con trayectorias muy distintas— fue otro punto clave. A pesar de nuestras diferencias, muchas compartíamos dolores similares. Ahí empecé a hacer las paces conmigo, con mi historia y con mi manera de ser. Entendí que machacarme no me hacía mejorar, que la culpa no ayudaba, y que bajarme del rol de “la que siempre puede” era necesario para vivir.
Ese proceso transformó mis relaciones, mi forma de trabajar y mi forma de estar en el mundo. Pasé de la autoexigencia constante a la responsabilidad amable. De intentar encajar, a aceptar el mundo que necesito vivir. Y eso es algo que hoy atraviesa todo mi trabajo.
Muy pronto entendí que para mí no se trataba solo de tener una consulta. Lo que necesitaba era algo más amplio. Un espacio donde el entorno, la forma de comunicarnos, el ritmo y el vínculo importaran tanto como lo que se trabaja en sesión. Un lugar que no exigiera adaptarse para poder estar. Donde se pudiera parar, moverse, pensar en voz alta, volver sobre las cosas sin prisa.
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