El momento en el que una persona decide iniciar un proceso terapéutico, decide posicionarse frente a sus miedos, inseguridades, carencias… y esto no es un proceso sencillo.

 

Las obras, el proceso terapéutico, un hermoso camino donde nos vamos tejiendo a nuestro paso.

Percibimos múltiples dificultades en nuestro día a día, decisiones que no sabemos o no queremos tomar, preocupaciones familiares, de trabajo, de salud, metas no cumplidas o duelos no superados. Convivimos con ellas todos los días, hay veces que no podemos más, pero seguimos.

Es desde hace poco que el recurso del psicólogo va haciéndose hueco en nuestras vidas, aún sigue siendo para muchos “cosa de locos”.

 

Sin embargo, la lucha sigue siendo de todos, por normalizar, apoyar y validar las emociones de nuestro entorno.

 

Hay múltiples opciones por las que un paciente acude a consulta, no es realmente lo importante, ha dado un paso enorme al querer coger las riendas de la maquinaria y ponerse al mando, y el motivo de consulta no es muchas veces el principal causante de malestar en el paciente.

 

Si bien no es un proceso sencillo, como hemos dicho antes, los beneficios son altísimos, y ahora os escribo como paciente, no como psicóloga. La sensación de control sana, sin restricciones, autolesiones, dependencias, o cualquier otra forma de intento de control sin rumbo o herramientas. Tan solo la energía de estar conectada contigo misma, de por un momento permitirte felizmente no ser perfecta e ir paso a paso, sin ansiedad anticipatoria, sin dudas, con herramientas para defender tus ideas.

 

Hay unos determinados momentos en terapia en los que el paciente siente una especie de colocación, de repente es capaz de visualizar una idea de forma que nunca antes había sido capaz, y es como si uno de los nudos del ovillo se deshiciera. Esto no significa que el paciente se haya “curado”. Éste es uno de los ideales que muchas veces tenemos que gestionar primero, la idea del psicólogo como túnel de lavado, como si pudiéramos entrar cargados de inseguridades, traumas, duelos, miedos pegados a la ropa, y mágicamente tras pocas sesiones (en muchos casos existe la fantasía de que se consiga en una), salir con la ropa completamente limpia, centrifugada y planchada.

 

El proceso terapéutico es un proceso largo, en unas ocasiones más que en otras, pero no es ese ibuprofeno que te mitigará el problema mientras descansas plácidamente en el sofá; es un momento de cambio, en el que decides ponerte a trabajar en ti misma, lo que significa que tendrás que renunciar a gratificaciones que actualmente te aportan placer.

 

Aprender a aplazar las recompensas, comunicarnos de forma asertiva y gestionar nuestras emociones y la forma en que nos afectan las del otro, no nos proporciona un beneficio a corto plazo, sino un gasto; sin embargo, sí nos garantiza beneficios a largo plazo, y mucho más duraderos.

 

Vayamos pasito a pasito, permitiéndonos ser flexibles y comprensivos con nosotros mismos, pero sin dejarnos caer en la autocompasión y la victimización.

 

Y recuerda que todos estamos en el mismo camino, sin importar la edad, el nivel socio-cultural o cualquier otra categorización de la sociedad, ¡buscamos el progreso y estamos trabajando para conseguirlo!